Hablar de Lambrusco es hablar de Módena: de su paisaje, de su tradición agrícola y de una diversidad vitícola que durante años fue injustamente simplificada. El Lambrusco no es un vino único ni homogéneo, sino una familia de variedades autóctonas, capaz de expresar estilos muy distintos según la uva, el suelo y la ubicación del viñedo.
El territorio modenés se extiende entre la llanura del valle del Po y las primeras colinas de los Apeninos, con viñedos situados entre 180 y 300 metros de altitud. El clima combina veranos cálidos y húmedos con influencias más frescas de las colinas, esenciales para conservar acidez y frescura. Los suelos, predominantemente de arcilla y marga, a veces con presencia de limo o margas blancas, aportan estructura, salinidad y profundidad, especialmente en las zonas colinares.




En Módena conviven distintas expresiones de Lambrusco, cada una con identidad propia:
el Grasparossa, intenso y estructurado; el Sorbara, floral, elegante y de marcada acidez; y el rarísimo Fioranese, profundo y rústico.
A su lado, uvas históricas como Trebbiano Modenese, Trebbiano di Spagna y la casi desaparecida Uva Tosca completan el paisaje varietal, aportando frescura, tensión y vivacidad.
El Lambrusco tradicional nada tiene que ver con el vino dulce e industrial que marcó negativamente su imagen. Históricamente se trata de vinos secos o apenas dosificados, refermentados en botella, a menudo sin degüelle, elaborados con levaduras autóctonas y mínima intervención. Vinos frizzantes, directos y gastronómicos, de graduación moderada, burbuja fina y gran capacidad para acompañar la cocina local.
Hoy, gracias a una nueva generación de viticultores comprometidos con el territorio y la recuperación de variedades olvidadas, Módena vuelve a mostrar su verdadera identidad: una tierra de Lambruscos auténticos, complejos y profundamente ligados a su origen.
La Valtellina o valle de Teglio (Vallis Tellina) es un valle alpino dibujado por el río Adda, situado en el norte de Italia.
Limita al norte con Suiza por los Alpes Retiche y al sur con Bérgamo a través de los Alpes Orobie.
La longitud del valle ronda los 150 km y parte de una altitud de 200 m en el extremo del Lago di Como, hasta los 4050 m en el Pizzo Bernina. Con un clima continental frío, encontramos inviernos fríos y veranos con días soleados y noches frescas, que nos ayudarán a mantener la acidez en el vino. La cercanía con el Lago di Como y Lecco nos ayudan a mantener el clima un poco más templado.



Como uva principal, encontramos la Chiavennasca, un genotipo de la uva Nebbiolo afincado en el valle desde hace más de 500 años que cobra su nombre propio, por pueblo cercano llamado Chiavenna (al oeste).
Encontraremos la uva Nebbiolo, en otras zonas de Italia, como Piemonte. La peculiaridad de la Valtellina son sus suelos rocosos y arenosos, bajos en calcio, llenos de esquistos, granito, limo y su pH ácido.
Al tratarse de una zona tan compleja para el cultivo, era muy habitual la presencia de viveristas que seleccionaban los clones de Chiavennasca más eficientes y diferentes para poder adaptarse a cada parcela y a las variaciones del clima.
Como consecuencia, actualmente encontramos una biodiversidad de especies de vid única en Italia, con variedades autóctonas, que no se podrían desarrollar en otras zonas como la Róssola, la Pignola, la Brugnola, la Negrera, la Treünnasca, el Chiavennascchino.
A este hecho se le suma su ubicación estratégica, siendo históricamente una zona de paso de mercaderías y comercio con Suiza y Austria, encontraremos la presencia de otras variedades alpinas algunas de ellas trentinas, como la Bressana (Schiava), la Balzamina (Marzemino) y la Merlina (Teroldego), sobre todo en la zona de la Maroggia. También podemos encontrar una variedad blanca, conocida como Chiavennasca Bianca (no emparentada con la Chiavennasca).
El Véneto es una de las regiones vitivinícolas más diversas y dinámicas de Italia, donde la riqueza histórica de sus variedades autóctonas convive con un paisaje vitícola cada vez más influido por uvas internacionales. En este contexto, Breganze se distingue como un territorio que, pese a la evolución del mercado y de los estilos, mantiene un fuerte vínculo con su identidad original y con las cepas que han definido su historia.
En el centro de esta identidad se sitúa la Vespaiola, la variedad blanca autóctona por excelencia de Breganze y verdadero símbolo del territorio, reconocida dentro de la Denominación de Origen, y representa la continuidad histórica de la zona y expresa con claridad el carácter de sus suelos y su clima, combinando frescura, tensión y capacidad de evolución en el tiempo.



Junto a la Vespaiola, el alma más frágil y silenciosa de Breganze se manifiesta en sus variedades minoritarias y autóctonas, que, como su nombre indica, continúan siendo hoy en día testimonios vulnerables de un patrimonio en riesgo de desaparición. Cepas como la Gropella di Breganze, la Marzemina Bianca, la Gruaja, la Glera Lunga o la Pedevenda ocupan superficies muy reducidas y permanecen fuera de los marcos normativos. Su pervivencia no responde a criterios comerciales, sino a una decidida voluntad de preservar la biodiversidad y la memoria agrícola del territorio.
Gracias al trabajo comprometido de bodegas como Rarefratte, estas variedades siguen encontrando un espacio donde expresarse y ser transmitidas a las generaciones futuras. A través de una viticultura respetuosa y de una visión centrada en la identidad, Breganze se afirma como un enclave donde el pasado y el presente conviven, y donde tanto la Vespaiola como las uvas minoritarias, aunque escasas, resultan esenciales para comprender la profundidad y autenticidad de este singular territorio del Véneto.
La Marina Alta, en el norte de la provincia de Alicante, es una comarca donde la viticultura forma parte del paisaje, la historia y la identidad rural. Entre montañas y valles que descienden hacia el Mediterráneo, los viñedos se adaptan a un entorno exigente mediante característicos bancales aterrazados, que permiten cultivar la vid en laderas pronunciadas, al igual encontramos otros cultivos tradicionales como algarrobos, olivos y nísperos. Esta arquitectura agrícola tradicional no solo evita la erosión, sino que refleja el esfuerzo humano por convivir con una geografía compleja y aprovechar cada palmo de tierra disponible.
El suelo de la Marina Alta es mayoritariamente arcilloso calcáreo, un terreno que retiene bien la humedad pero que, al mismo tiempo, ofrece un buen drenaje. Estas características obligan a la vida profundizar sus raíces, favoreciendo un crecimiento equilibrado y aportando personalidad a los vinos de la zona. A ello se suma la clara influencia del clima mediterráneo, con inviernos suaves, veranos largos y luminosos, y la constante presencia de la brisa marina. Este clima contribuye a una maduración pausada de la uva, manteniendo una buena acidez y potenciando los aromas.




Dentro de este contexto natural destacan las variedades tradicionales que han definido la viticultura de la comarca durante generaciones. La Giró, tanto en su versión tinta como en la Giró Blanc, es una uva profundamente ligada al territorio, capaz de expresar el carácter del suelo y del clima. La Moscatel de Alejandría, probablemente la más emblemática, aporta fragancia y frescura, mientras que la Planta Fina completa este patrimonio varietal con su delicadeza y adaptación al entorno. Juntas, estas variedades conforman un legado vitícola que conecta la tradición agrícola de la Marina Alta con su paisaje y su historia.
La viticultura en Monóvar, en pleno Vinalopó Mitjà, constituye uno de los pilares históricos del paisaje agrícola del interior de Alicante. En este territorio de suaves lomas y pendientes moderadas, los viñedos se disponen en bancales que ordenan el terreno y permiten un aprovechamiento eficiente del agua y del suelo, en una comarca marcada tradicionalmente por la escasez hídrica.
El sustrato dominante es arcilloso calcáreo, pobre en materia orgánica pero rico en minerales, lo que limita el vigor de la vid y favorece producciones contenidas y de gran concentración. La composición del suelo, aunque variable según se trate de zonas de huerta, secano o áreas más montañosas, responde al patrón característico del Vinalopó: terrenos calcáreos y yesíferos, con suelos francos, arcillosos o limosos, ricos en caliza y con cierta tendencia a la salinidad y alcalinidad. Estas condiciones, bien gestionadas, resultan especialmente adecuadas para el cultivo de la vid, así como para olivos y almendros.


Una seña de identidad muy característica de Monóvar es la presencia de la piedra blanca superficial, conocida localmente como cantals, que protege el suelo de la erosión, reduce la evaporación y ayuda a retener la humedad, creando un microclima clave para el equilibrio de la planta durante los meses más secos.
El clima mediterráneo de influencia continental define el carácter de los vinos de la zona. Los veranos calurosos y secos, junto con inviernos fríos pero moderados, generan una amplitud térmica que favorece una correcta maduración de la uva, dando lugar a vinos de buena estructura, marcada personalidad y fiel expresión del terruño.
Entre las variedades tradicionales, la Monastrell ocupa un lugar central, perfectamente adaptada a las condiciones extremas del entorno y capaz de ofrecer vinos intensos y profundos. Junto a ella, la Garnacha tintorera aporta color y cuerpo, mientras que en las variedades blancas destaca la Merseguera. Completa este patrimonio varietal la Valencí, una uva tinta de piel fina, tradicionalmente destinada al consumo como uva de mesa.
La Monastrell es, además, fundamental en la elaboración del Fondillón, vino emblemático del Vinalopó Mitjà. Su resistencia al clima seco y su elevada concentración de azúcares permiten obtener vinos de gran estructura y longevidad, indispensables para su larga crianza, reflejo del saber hacer tradicional de la zona.
La agricultura de Monóvar no se ha limitado únicamente a la vid. Históricamente, los viñedos han convivido con olivos y garroferas, formando un mosaico agrícola típico del Mediterráneo interior. Este conjunto de cultivos, prácticas ancestrales y adaptación al medio ha configurado una viticultura profundamente ligada a la identidad cultural y rural de Monóvar.
Ciudad Real, ubicada en el corazón de la Mancha, no solo es conocida por sus llanuras infinitas y su patrimonio histórico, sino también por una tradición vinícola que se remonta a siglos atrás. Mires adonde mires, si llegas hasta este punto de la llanura manchega, verás viñas. Un mar de ellas.
Los primeros indicios de la elaboración de vino en Ciudad Real se remontan a la época romana. Tras la caída del Imperio Romano, la tradición vinícola continuó desarrollándose en Ciudad Real. Los árabes, maestros de la agricultura, perfeccionaron las técnicas de cultivo y elaboración del vino, introduciendo nuevas variedades de uva y técnicas de riego. La producción de vino se convirtió en una actividad económica importante en la región, abasteciendo a las ciudades y pueblos cercanos.



Las variedades de uva más plantadas son la Airén y la Cencibel (Tempranillo),seguidas de otras autóctonas como la variedad tinta Tinto Velasco y otras variedades nacionales como la Macabeo o la Moscatel.
La variedad blanca Airén, más plantda en toda la península, se usa habitualmentepara la destilación. Es una uva que puede ser muy productiva y con aromas bastanteneutros pero, si se cultiva con esmero y limitando el rendimiento de la planta,podemos obtener vinos complejos y muy interesantes.
La uva Cencibel, como se denomina la Tempranillo en la Mancha, se utiliza para la elaboración de tintos intensos y complejos. Cuando se vinifican estas dos variedades de manera simultánea, encontramos los famosos claretes de la zona.
La comarca de la Plana de Utiel-Requena, en el interior de la Provincia de Valencia, limítrofe con Castilla la Mancha, es la cuna de la variedad autóctona Bobal, siendo muy importante su extensión de viñedo y el arraigo de la tradición vitivinícola.
La Plana de Utiel Requena, posee unos suelos arcillosos y calcáreos de gran riqueza que, sumado a la altitud del altiplano, unos 700 m, y a su clima mayoritariamente seco, proporcionan viñedos de altísima salubridad fúngica.
Fue tardía en recibir la filoxera, que no llegó hasta 1930. Esto explicaría la gran aparición de otras variedades tradicionales e internacionales, como Macabeo, Tempranillo, Chardonnay, Merlot o Syrah, entre otras, ya que servían y sirven como abastecimiento para otras zonas de España y Europa.
En la actualidad, estas variedades conviven junto a la Bobal y, en minoría, junto a variedades autóctonas cómo la Royal o la Tardana, también conocida como Planta Nova.




La Bobal es la variedad autóctona mayoritaria que se adapta a la perfección a las condiciones climatológicas sin grandes requerimientos.
Produce uvas de gran calibre, con elevada concentración de azúcares y taninos, por lo que solía formar parte de otros vinos de mezcla junto a las variedades internacionales consideradas como “nobles”.
A partir de los años 80, gracias al trabajo de grandes enólogos, se comenzaron a elaborar vinos monovarietales con esta variedad y a valorar su gran potencial de guarda.
La Tardana, también conocida como Planta Nova, es una variedad blanca de maduración tardía (se vendía después de las tintas, a finales de octubre).
Es muy resistente a enfermedades y duradera, debido al grosor de su piel. Tradicionalmente, se hacía una primera vendimia para venderla como uva de mesa.
El resto se vendimiaba más tarde y se destinaba a la producción de vino. También se colgaban algunos racimos hasta final de año, que aguantaban intactos cuando no existían frigoríficos, debido a su gruesa piel.
La Royal es una variedad de piel rosada, que seutilizaba principalmente para la destilación del alcohol.
Es una uva capaz de producir elevadas concentración de azúcar y se caracteriza por ser bastante neutra, aromáticamente y a nivel de color. Muy interesante para producir vinos ligeros y elegantes.
Actualmente, son pocos los campos que quedan de estas variedades, que se mantienen vivos gracias al valor que han sabido darle pequeños elaboradores dela zona y a su esfuerzo constante.
La región del Alto Turia, situada en la Comunidad Valenciana, es un enclave privilegiado para la viticultura. Con viñedos que se extienden entre los 800 y1.100 metros de altitud, esta zona ofrece unas condiciones únicas que se reflejanen la calidad y singularidad de sus vinos.
El clima del Alto Turia juega un papel crucial en la calidad de sus vinos. Los inviernos rigurosos y los veranos secos, con noches frescas, permiten una maduración equilibrada de las uvas, dando lugar a vinos con acidez refrescante y un perfil aromático complejo. Este clima particular ha contribuido a la creación de vinos de gran reserva, cuya calidad es reconocida tanto a nivel nacional como internacional.



Los vinos del Alto Turia, bajo la Denominación de Origen Valencia, son apreciados por su frescura, elegancia y carácter único.
Vinos blancos: La variedad Merseguera es la estrella de los vinos blancos del Alto Turia. Estos vinos se caracterizan por su ligereza, color amarillo pálido y aromas sutiles a flores blancas. En boca, son frescos y suaves, ideales para disfrutar bien fríos en un maridaje con pescados y marisco los días calurosos de verano.
Vinos tintos: Los tintos de la región suelen elaborarse con variedades como Tempranillo y Bobal. Estos vinos presentan un color intenso, con aromas a frutas rojas y notas especiadas. En boca, son estructurados y equilibrados, con taninos suaves que les confieren una gran elegancia.
Vinos rosados: Los rosados del Alto Turia, elaborados principalmente con la variedad Bobal, son frescos y afrutados, con un color rosado brillante.
Situada en el corazón del valle del Loira, la región de Anjou es famosa por su tradición vitícola centenaria y la riqueza de sus paisajes. Sus viñedos se extienden a lo largo de más de 14 000 hectáreas, abarcando distintos microclimas y tipos de suelo que permiten la elaboración de una amplia variedad de vinos. Desde los tintos frutales hasta los blancos elegantes y los vinos espumosos, Anjou ofrece una paleta vinícola tan diversa como su geografía.
El terreno del Anjou se caracteriza por una mezcla de suelos de esquisto, arcilla, arena y piedra caliza, que influyen directamente en el carácter de los vinos. Los suelos de esquisto, especialmente en la orilla izquierda del Loira, aportan mineralidad y estructura a los blancos, mientras que las arcillas y arenas favorecen la expresión frutal y la suavidad de los tintos. Esta combinación de terroirs ha permitido que variedades locales como el Chenin Blanc y el Cabernet Franc desarrollen perfiles únicos, adaptándose a la diversidad climática de la región.






La historia vitícola del Anjou se remonta a tiempos antiguos, posiblemente incluso antes de la ocupación romana. A lo largo de los siglos, la región ha conservado y transmitido técnicas de cultivo tradicionales, como la vendimia manual y la vinificación en contacto con levaduras indígenas, que aseguran que cada vino exprese fielmente su origen. La influencia del río Loira no solo facilita un clima más templado, sino que también ha favorecido históricamente el transporte y el comercio de vinos, contribuyendo a la reputación internacional de la región.
Los suelos variados —esquistos, calizas, tuffeau y arcillas— junto con microclimas diversos, permiten que cada viñedo exprese plenamente su terroir, dando lugar a vinos con personalidad, equilibrio y reflejo del paisaje de Anjou.
El viñedo de Gaillac, en el suroeste de Francia, situado al norte del departamento del Tarn, es uno de los más antiguos de Francia. La denominación cubre actualmente unas 2.500 hectáreas repartidas en 73 municipios, con cerca de un centenar de bodegas familiares y tres cooperativas.
Gaillac destaca por su gran diversidad de suelos, climas y variedades, lo que permite elaborar una amplia gama de vinos: blancos secos, dulces y perlados, tintos, rosados y espumosos, todos con una identidad muy marcada.
Los orígenes del viñedo se remontan probablemente a antes de la ocupación romana. En Montans se han descubierto restos de cerámica vinaria del siglo II a. C., prueba de una actividad vitícola muy antigua. El río Tarn facilitó el transporte del vino hacia la Garonne y el Atlántico, incluso antes del desarrollo del viñedo de Burdeos.





Desde sus inicios, la viticultura de Gaillac se basó en variedades locales, algunas de ellas de posible origen romano o fruto de cruces entre cepas romanas y autóctonas. Robert Plageoles, figura clave del viñedo gaillacois, atribuía por ejemplo el origen del Mauzac al basilicae romano, mientras que otras uvas emblemáticas como el Duras, el Braucol o el Ondenc refuerzan la idea de la gran antigüedad y singularidad de este viñedo.
A pesar de periodos difíciles en la Antigüedad, la viticultura de Gaillac logró perdurar y evolucionar. Hoy, este viñedo sigue vivo, orgulloso de su historia y profundamente ligado a su territorio.